lunes, 2 de noviembre de 2015

SINGAPUR. PRIMER MUNDO TROPICAL










“Disneylandia con la pena de muerte”
William Gibson.

Aquí no existe el invierno, 25 grados centígrados en la noche más fría que nos tocó a finales de octubre. Desde nuestra llegada hemos sudado como si estuviéramos en un sauna, a diferencia muchos lugareños que traen tanta ropa que nos hicieron preguntarnos varias veces si en verdad son humanos. Aclimatarse o aclichingarse, esa es la cuestión … lo que pasó fue lo segundo.
                                                                 
Bienvenidos a la versión tropical del primer mundo. Con una población de 5.5 millones de personas y ocupando una extensión que sería más o menos la de las delegaciones Tlalpan, Xochimilco y Milpa Alta juntas, Singapur aparece en el cuadro de honor varias veces. Ocupa los primeros lugares a nivel mundial en calidad de vida, ingreso per cápita, combate a la corrupción y transparencia, desarrollo y acceso a la tecnología, infraestructura de salud, calidad educativa, en fin, un auténtico zodiaco de estrellitas en la frente. Dan ganas de robarle el lunch.

NA-DA, NA-DA, NA-DA. PARA TI NO TENGO NADA.

Singapur no tiene recursos naturales. No tiene ni petróleo, ni gas, ni minería, ni agricultura, ni ganadería, ni pesca. Bueno, no tiene ni agua pues. Lo único que tiene es mucho dinero y a su gente. El dinero ha llegado por vía de la inversión extranjera. Es un país-banco –la Suiza de Asia, dicen- y ha formado a su población para que genere más dinero.

“El recurso eres TÚ. El gobierno cuida, controla y explota ese recurso”

Esta ciudad-estado es una historia de éxito del capitalismo salvaje: no hay pobreza como la conocemos, pero a la vez no existe el salario mínimo, todo lo controla la mano mágico-culera-truculenta del libre mercado.






ENTRE MUSSOLINI Y NED FLANDERS

Para que esto funcione hay que hacer un intercambio con el estado. Éste te garantiza todo este bienestar a cambio de ciertas garantías individuales. El concepto de “libertad” en Singapur es complicado. Hay poca (como la conocemos) o al menos hay muchas prohibiciones. Y hay consecuencias. Son muchas las cosas que te pueden llevar al bote o generar una multa con muchos ceros. Por ejemplo, tirar basura o escupir en la calle, poseer material pornográfico, cruzarse con el semáforo peatonal en rojo o a la mitad de la calle, alimentar a las palomas, transportar durians en el metro. De traficar con droga ni se diga, que conlleva la pena de muerte. Incluso está prohibido andar en pelotas en tu casa. ¡O sea, chale! ¡No se saben divertir!

Lo más extraño para quien viene de un lugar donde la ley se compra, es que aquí la ley se respeta, sí o sí. TODOS.

En realidad todo este rollo apela al “Asian way” de hacer las cosas: el bienestar colectivo está antes que la libertad del individuo. Podrá ser a punta de amenazas, pero el caso es que en Singapur todos se portan bien.

¡Tssschiaaaaa! ¡Gobierno represor!

La cosa es que funciona. Esto se nota cuando observas la ciudad y sus habitantes. Y no se ve que sufran por eso. También hay el malandrín-chacas que no sigue las leyes y que se libra del castigo, pero han diseñado su sociedad para que estos sean prácticamente excepciones. Nos tocó ver a dos personas escupiendo, a algunos cruzando la calle a la viva México, y otros más tirando basura o fumando en lugares prohibidos, ¡ah! y un pinche Uber que nunca llegó y marcó el viaje. Pero nunca vimos que pasara nada, así que o hay policía secreta o tal vez no es tan inflexible la cosa.



ENTRE FOVISSSTE Y LA COMARCA DE LOS HOBBITS

La isla es una especie de utopía de las unidades habitacionales. Aquí sí funcionaron y no se convirtieron en madrigueras del crimen.

A pesar de que uno de cada seis hogares tiene al menos un melón de dólares en su cuenta bancaria, a veces no da para comprarse una casa y nomás alcanza para un depita … pero ni siquiera son “dueños” de ellos, o al menos como lo entendemos en otros lugares del mundo. ¿Recuerdan que en Singapur no había nada? Pues tampoco hay espacio, y después de 99 años, tienen que devolverlos al Estado o venderlos a un tercero, es decir, no pueden heredarlos de generación en generación.
  




TOMORROWLAND TROPICAL

Siendo una ciudad joven, Singapur carece de edificios de más de doscientos años. Es más bien el sueño húmedo de los edificios-ovnis. Mucha de la creatividad arquitectónica se puede apreciar en la mayoría de las universidades –especialmente las de artes- y los museos. Una caminata por el distrito financiero y Marina Bay te dejará impresionado con la vista panorámica, por un lado enormes rascacielos se levantan como gigantes brillantes rodeando la bahía y por el otro construcciones futuristas como Esplanade Theatre o el museo de ciencias que parece una mano de robot invitan a darse vuelo con la cámara fotográfica.






EL PASATIEMPO NACIONAL: EL SHOPPING

Los singas pasan su tiempo libre adentro de un mall –que los fines de semana se llenan como las playas del GDF en Semana Santa- o jugando con el celular. Todo mundo tiene un smartphone, desde la señito que ni alcanza a ver bien la pantalla, hasta el escuincle que aún anda en pañales. Y viven pegados a él, cosa que en el metro se vuelve evidente. Tú, los demás o lo que pasa alrededor les vale sorbete. No son un pueblo tradicionalmente “amable” … tal vez sea que la tecnología los esté maleando.

En fin, aunque la ciudad no tiene tanta historia como para deleitarnos con sus atracciones turísticas milenarias, vale la pena darse una vuelta por aquí y conocer la forma de vivir de la gente popis del  otro lado del mundo. Sí, a veces lo menos chairo también está chido.















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