Mostrando las entradas con la etiqueta tepstura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tepstura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de diciembre de 2015

SIETE COSAS QUE DEBES TOMAR EN CUENTA A LA HORA DE HACER TU ITINERARIO

 
INVESTIGA BIEN   

Sin duda Tailandia es un país hermoso y por supuesto merece hacer un viaje … o varios. Seguro ya tendrás más o menos claro qué lugares quieres visitar: playas, templos, junglas tropicales y también de concreto. Pero antes de comprar un boleto de avión intenta ir más allá del folleto turístico. Tailandia no es solo Sol, arena blanca y cocteles bajo la sombra de una palmera; como cualquier lugar en el mundo tiene un lado amable y otro no tanto. Descubrirás que a pesar de ser un país que a casi todos nos resulta barato, casi siempre te cobrarán más por ser turista. A ratos sentirás que todo mundo quiere venderte algo. Los tan simpáticos tuk-tuks a menudo te querrán estafar. También puede que te parezca que está más sucio y contaminado que tu país. Si te hartas de la comida thai, es posible que te encuentres pagando el doble por un espagueti boloñesa que ni es espagueti, ni tiene nada de boloñesa. Es posible que te des cuenta que aquí existe un grave problema de maltrato animal, y tal vez hasta llegues a participar de él sin saberlo. Verás que aquí el turismo sexual es toda una industria y que sus límites pueden ser algo sórdidos. Tal vez no te tome mucho tiempo darte cuenta que eso del país de las sonrisas no es más que un truco publicitario: a pesar de que generalmente los thais son gente amable y de buen corazón, también existen los que son groseros, los que te hacen mala cara, y los que te avientan el cambio. Y los hay más en las zonas más turísticas … sí, justo esas que has visto en los folletos. Tailandia es un lugar fabuloso pero no es un cuento de hadas. Es un país real, como todos, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Si logras entender esto y decides quedarte con todo lo bueno que te ofrece –que es muchísimo- será uno de los mejores viajes de tu vida, y estar informado y preparado es fundamental. Recuerda, cada quien vive el viaje que quiere y se lleva a casa lo que prefiere, y no hay mejor herramienta para viajar que una buena actitud. 


ES MEJOR VENIR CON TIEMPO O DINERO    

Por supuesto que es posible conocer bien este país por poco dinero. Pero si crees que vas a hacerlo en veinte días estás muy equivocado. Mientras más ambicioso sea tu itinerario, más tiempo vas a necesitar, o requerirás más pasta para acelerar ciertas cosas. En cualquier caso, estás condicionado a los tiempos de traslado que hay en el país; algunas veces pueden ser lentos, y en ciertas ocasiones no existen rutas directas entre ciertos lugares. Si estás dispuesto a pagar vuelos puede que ayude un poco, pero además de que tu presupuesto subirá considerablemente, es una solución que no siempre funciona como creemos. Si además piensas incluir algún otro país del Sureste Asiático, con mucha más razón: cruzar fronteras es lento, tedioso y en varios casos miserable.   


VE BIEN CUÁL ES LA VISA CORRECTA   

La situación de la visa es distinta para todos. Alguno países necesitamos tramitarla en una embajada antes de ingresar a territorio tailandés, pero no todas las embajadas ofrecen los mismos tipos de visados. Por ejemplo, si estás pensando en tramitar una visa con entradas múltiples has de saber que éstas no están disponibles en ninguna embajada tailandesa en el resto de los países del Sureste Asiático, así que si estás pensando en conseguir una es mejor organizarla desde tu país. De igual manera, existen países que están exentos de visa para entrar a Tailandia, pero los días que te permitirán quedarte pueden variar dependiendo de si ingresas al país por aire o por tierra. Sea cual sea tu nacionalidad, antes de darle forma a un itinerario revisa los lineamientos del visado en la embajada de tu país y planea conforme a ello.   


TU PRIMER Y ÚLTIMO DÍA NO CUENTAN (Y TAL VEZ EL SEGUNDO TAMPOCO)    

La mayoría de los que llegamos a Tailandia es después de un vuelo de al menos 12 horas, a veces el doble. Tu vuelo puede llegar literalmente a cualquier hora, y aún si tuvieras todo el día por delante lo más probable es que no llegues con la energía suficiente para devorarte Bangkok. Recuerda también que del momento que bajas del avión al que llegas a la puerta de tu hotel pueden pasar un par de horas, especialmente si llegas a medio día. Para complicarlo más, tendrás tus horas de sueño literalmente al revés y puede que te tome dos o tres días ajustarte. Este ajuste debe ser gradual, y si bien sí es recomendable hacer algo si aún es de día, lo mejor es tomártelo tranquilo y que no sea muy lejos de tu hospedaje. La cosa es que el primer día nunca es un día 100% efectivo, así que no lo tomes como tal. Lo mismo sucede con el último: a menos que tu vuelo salga a medianoche tendrás el día completo para recorrer la ciudad.   


LOS AVIONES NO SIEMPRE TE AHORRAN UN DÍA COMPLETO. LOS FERRYS MENOS.    

Seguramente ya viste el mapa de Tailandia y has llegado a la conclusión de que ningún vuelo debe de tomar más de dos horas. Pues no lo des por sentado y averígualo bien. Si tu presupuesto es generoso podrás encontrar vuelos directos en la mayoría de las rutas. Pero si quieres pagar menos de 50 dólares vas a tener que ser más flexible (de nuevo, la cuestión del tiempo). Las principales aerolíneas de bajo costo en la región son Air Asia, Nok Air y algunas veces Air Bangkok. También recuerda que los vuelos no siempre salen en el cómodo horario de 8am o 10pm, o que a veces estos horarios son más caros que el resto. Si la mejor opción que encuentras es a las 2pm tendrás un día a medias, que muchas veces es igual a nada si hablamos de disfrutar del lugar. Para vuelos internacionales ten en cuenta que prácticamente se duplicarán todos los tiempos, pues tendrás que estar al menos dos horas antes del vuelo y pasarás por migración al llegar. Otra cuestión que debes tomar en cuenta es que los aeropuertos en Bangkok se encuentran bastante retirados del centro y posiblemente el traslado te lleve una hora o más.   

Y si hablamos de transportes marítimos la cosa pinta menos prometedora. Si vas a la isla de al lado o al puerto más inmediato puede que estemos hablando de una o dos horas. Pero si quieres moverte más lejos te tomará cuando menos medio día. Aquí no hay mucho que hacer pues la oferta de horarios es mucho más limitada que con los vuelos, y en ciertas rutas y épocas del año hay solo un servicio al día. Y si tuvieras que combinar alguno con un traslado terrestre –como es necesario para cruzar de costa a costa- de plano da el día por perdido.   

Además de considerar cuántos días quieres darle a cada lugar, piensa también el tiempo que consumirán los traslados y contempla asignar días exclusivamente al transporte. Verás que planear algo como 2 días en Koh Phi Phi, seguido de 2 en Koh Phangan y 3 en Bangkok sin considerar tiempos de traslado es un auténtico disparate.   


RESERVAR O NO RESERVAR, ESA ES LA CUESTIÓN   

Así como hay a quienes les gusta viajar con un Excel en la mano que les diga cuánto tiempo deben pasar bajo cada palmera, hay a quienes les encanta la opción más hippie de llegar sin un plan definido y moverse con la marea. Cada quien viaja como quiere, y no hay una respuesta definitiva en cuanto a si debes viajar con reservaciones o no. Sabrás que en temporada alta los servicios se encarecen en cualquier lugar del mundo (y más en los que son muy turísticos), y las opciones más económicas o con mejor relación calidad-precio son las primeras en agotarse, aunque eso no quiere decir que no puedas organizar el hospedaje y el transporte una vez estando allá.    

Si decides organizar todo desde casa tu itinerario quedará amarrado y será complicado hacer cambios sobre la marcha. Pero te ahorrará tiempo cada vez que llegues a una ciudad pues no tendrás que ponerte a buscar vacantes. También, en la mayoría de los casos te permitirá estudiar un mayor número de opciones –sin estar bajo el rayo del sol con varios kilos al hombro- y lo harás con más información si tomas en cuenta las referencias que otros viajeros dejan en sitios de hotelería como Tripadvisor, Agoda y Booking. Por otro lado, ir sin reservas te dará mil veces más libertad de hacer y deshacer, además de que casi siempre podrás encontrar opciones más baratas que las que aparecen en Internet, aunque algunas veces tendrás que alojarte en uno que otro sitio que no te guste del todo porque simplemente era el único que había.   

En general, si vas con tiempo puede que sea mejor que conserves tu libertad para hacer y rehacer tus planes cuantas veces quieras, total, vas sin ninguna prisa. Pero si tu tiempo es limitado y piensas pasar menos de tres días en determinado lugar, puede que te beneficies más de hacerlo desde casa y aprovechar más el tiempo en cada destino.  
En cuanto a los transportes ve tranquilo que casi siempre hay lugar. Usualmente puedes encontrar disponibilidad una noche antes del viaje, aunque hacerlo con dos es mejor. La única excepción es con las camas en trenes nocturnos. Estas tienen gran demanda (y mucho más durante la temporada alta) y reservar al menos una semana antes (o más) es absolutamente necesario. Si aún no estás en Tailandia, puedes hacer la compra por 12go.Asia y recoger tu boleto en la estación de tren o hacer que te lo manden a un hotel.  


DALE EL TIEMPO QUE MERECE   

Un viaje va más allá de conocer monumentos famosos y tomarse selfies. Un viaje también se trata de observar, sentir y descubrir una nueva cultura, desde el momento que te levantas hasta que te acuestas. Si Francia es mucho más que la Torre Eiffel y Notredame, Tailandia en mucho más que el Grand Palace y Maya Beach. La esencia de un país no radica en sus edificios antiguos ni en sus obras de arte, sino en su vida cotidiana y su gente. Dale tiempo a esto en cada lugar por el que pases, dale un buen tiempo. Dale tiempo a hacer cosas que no aparecen a la Lonely Planet. Dale tiempo a disfrutar de cosas tan sencillas como caminar sin rumbo y asomarte en todas partes. ¿Qué si se puede hacer Bangkok en dos días? ¿Chiang Mai en uno? Seguro, pero en ese caso puede que sea mejor que veas un documental de la National Geographic o el Travel Channel, esos duran una hora y te saldrá mucho más barato. Si piensas quedarte solo un día en un sitio, mejor pregúntate si realmente vale la pena. Un día no da para entender gran cosa, y a veces ni dos ni tres. Además recuerda que viajar cansa el cuerpo, el ánimo y la mente, y de vez en vez es buena idea descansar. A veces es difícil aceptar esto, sobre todo si en nuestros trabajos nos han dado pocos días de vacaciones para todo lo que queremos hacer, pero también considera que este no tiene que ser tu único viaje a Tailandia. ¿Comienza a sonarte bien eso de volver?   

Como ya hemos dicho seguramente vivirás el viaje que quieres, solo te podemos aconsejar que si has decidido invertir tu dinero y tu tiempo en venir hasta acá, te lleves algo más que fotografías para el Facebook, llévate experiencias.


sábado, 19 de diciembre de 2015

10 COSAS QUE TE HARÁN SABER QUE ESTÁS EN MYANMAR







1. Monjes budistas por doquier.



Los monjes (y monjas) en Myanmar se cuentan en cientos de miles, así que te los encontrarás en todos lados. Hasta en lugares donde nunca te habrías imaginado ver un monje: comprando en el mercado, rebasando en la moto, cargando saldo en la tienda de celulares, y hasta en el banco (sí, los monjes hacen todas esas cosas). Investigar un poco sobre la vida monástica en este país es fundamental, pues aún cuando pueda romper la imagen romántica que tanto nos gusta tener sobre ellos, ayuda a comprender que son gente común y corriente como todos nosotros, no criaturas mágicas con superpoderes.

    –El día que vi un monje fumando y jugando cubilete con unos vagos en las vías del tren, perdieron mucho del encanto-.
Chaira Lilí a una semana de llegar a Myanmar, ciudad de Bago.

El día que un monje se la quiso ligar lo perdieron por completo.

Todo varón en Myanmar tiene la obligación de hacer al menos dos estancias de un año en algún monasterio durante su vida. Generalmente la primera sucede entre los 7 y 12 años, y la segunda después de los 20. Pues, prácticamente todo mundo en este país ha sido monje, y de todos los que se ven, no todos se quedan monjes de por vida. Así que existe toda una escala de grises: como hay gente, hay tipos de monjes. Y están los que se lo toman muy en serio y los que no.

Una cosa sí es incuestionable, y es la importancia que tienen en la educación, y la conservación de la moralidad y valores budistas dentro de la sociedad burmesa, una cuestión que los pone bastante más adelante de Occidente en cuestiones sociales e incluso emocionales. 


2. Montañas sagradas que te recordarán que es hora de dejar de fumar.



Existe una fijación en este país por construir monasterios, templos y demás monumentos en lo más alto e inaccesible de la montaña. No sabemos bien si esto tiene que ver con esta cuestión de acercarse a lo divino, con alguna alegoría en el budismo, o si fue simplemente por joder. Pero vaya que vale la pena descubirlas. Al subir los muchos caminos de escaleras que serpentean hacia la cima te encontrarás un mundo de pagodas, monasterios, altares, Budas y rocas sagradas ... Sí, eso que uno se encuentra por todas partes en Myanmar. Entonces, ¿para qué demonios subir? La mejor razón para hacerlo es el trayecto mismo. Por un lado, alcanzar la cima genera una meta que requiere de un esfuerzo personal -estés en buena condición física o no- que trae un sentimiento de logro al que consigue llegar hasta arriba; por otro lado, te permite descubrir una nueva cara de la vida espiritual de éste país, que es la importancia de la peregrinación. Ahí podrás comprender que el esfuerzo que hacen los locales no es para tomarse una selfie, sino una forma de generar mérito espiritual. Pero, no hay error: tu sí hazte de unas buenas fotos, que tendrás vistas soberbias de la ciudad donde te encuentres.


3. Sobredosis de Budas.


Para los burmeses, si hay espacio en cualquier rincón, cabe un Buda … Es más, métanle dos, y si nada se cae, pónganle tres. Los hay de todos colores y sabores: parados, sentados, caminando, acostados, con ojos abiertos, cerrados, volteados, de pacheco, con la mano abierta, cerrada, al revés, en fin. Para disfrutar de los Budas en este país es mejor tomárselo como conossieur –la actitud del disque le sé y disque me clavo- aún cuando no tengas ni idea de qué tienes enfrente. Si admiras con detalle cada característica de cada imagen, poco a poco la observación se va refinando. Y es ahí donde surge la magia, pues eso detona el sentir de toda la filosofía del budismo y su mística. ¿Por qué está parado? ¿O sentado? ¿Qué trae en la mano? ¿Me está hablando a mi? ¿O a quién? Verás que muy pronto las respuestas llegan y sazonan toda la historia. Tras una semana de viaje por aquí es posible que veas más de diez mil Budas –y esto no es ninguna exageración- pero si escuchas lo que hay detrás de cada imagen, encontrarás la historia de un país.


4. Las sonrisas más hermosas que hayas visto.





¿Hay algo más que decir?


5. La belleza del Thanaka.


Al poco tiempo de llegar a este país descubrirás que prácticamente todas la mujeres –y algunos niños y adolescentes- se cubren las mejillas y la frente con una pintura color amarillo cremoso. Se llama thanaka y se trata de un pigmento natural hecho a partir de la corteza de un árbol que se usa para hidratar la piel, protegerla del Sol, aliviar el acné, pero principalmente con fines cosméticos. Ciertamente es un cuanto extraño al principio, pero es fascinante cuando uno comienza a descubrir la belleza que imprime a los rostros de este país. Y es que en verdad, la gente –toda la gente- se ve hermosa con thanaka. Si lo piensas un poco, verás que no existe gran diferencia con el estereotipo de belleza que Maybelline o Cover Girl tratan de imponer a través de la mercadotecnia internacional, y que las diversas manifestaciones de la belleza en el mundo merecen salir del “exotismo” de las revistas que ya conoces. 


6. Ese inconfundible olor a camarón seco.


El camarón seco es uno de los ingredientes clave dentro de la cocina burmesa y quieras o no, terminarás probándolo. Su gama de presentaciones supera a la de los tintes de cabello de cualquier supermercado: molido, pulverizado, frito, aglomerado, con pedacitos (la versión chunky), en conserva, en dulces, en pasta, en salsa, en curry, en gravy. Literalmente hasta en la sopa, así que resulta más que normal hallar este olor en cualquier calle o cocina –que muchas veces son sinónimos- en este país. El sabor es fuerte y extraño y no suele enamorar muchos paladares occidentales, pero el olor es algo que simplemente no se puede evitar. Pero tampoco es tan malo, recordemos que toda ciudad tiene sus olores característicos: ahí está el metro de París para recordarnos que no todos son agradables, y que hay manera de vivir con ellos y disfrutar la vida.


7. Ver la muerte de cerca cada vez que te subes a un transporte.



Recorrer los caminos maltrechos de Myanmar, sea en moto, taxi o autobús debería ser considerado deporte de alto riesgo. No tardarás mucho en encontrarte viajando a 100 por hora rebasando en curvas ciegas en carreteras de un solo carril. Respira. No temas. Mira a tu lado y observa los apacibles rostros de los burmeses que te acompañan. Entiende que tal vez la siguiente vida pinta mejor que ésta. O tal vez el conductor lo tiene medido milimétricamente y no va a pasar nada. Puede que pasen diez días o más y no veas un solo semáforo o señalización de cualquier tipo. De la cultura vial y el respeto al peatón olvídate, aquí son parte de la literatura de ciencia ficción. Si ya estás entrando en pánico y has decidido bajarte y andar a pie, no te preocupes, también hay diversión allá abajo: la lógica burmesa es que ese vehículo que está a punto de atropellarte bajo ningún motivo frenará. Es tu obligación esquivarlo y correr por tu vida.



8. Gargajos. Chingos de gargajos. Rojos.


Para quien no sabe descifrar los cantos y rezos de los monasterios y pagodas, el soundtrack de este país sin más remedio será el de un escupitajo. Mucho se ha hablado sobre la proclividad de los asiáticos de escupir en cualquier lugar y a todo momento, pero créenos: los gargajos llegan a un clímax sin paralelo en Myanmar. Todo esto viene del hábito a nivel nacional por masticar unos pequeños bocadillos de nuez de areca envueltos en hoja de betel, que tras rumiarlos por un tiempo se escupen donde sea. El consumo de la kuhnia tiene tal magnitud y resulta tan adictivo, que prácticamente no existe un sitio en el país que no esté cubierto de manchas rojas, frescas o secas. Más allá, los daños irreversibles a la higiene bucal que provoca su consumo ocasiona que muchos personajes adictos a este extraño placer tengan sonrisas de ultratumba.


9. El dilema de los billetes.


Cambiar dinero en Myanmar es todo un pasón. Y es que tienen una manía enferma con que el dinero que les entregas parezca recién salido de la imprenta. Nada de manchas, marcas, ni cualquier rayón o tachón de ningún tipo –aun cuando éste no haya sido tu obra- así que revisa tus dólares o euros muy bien antes de venir. Ah, y también tienen que venir bien planchaditos, pues tampoco los aceptarán si tienen el más mínimo doblez, así que olvídate de eso de ponerlos en la cartera.

Obviamente los kyats locales que recibirás a cambio no estarán en las mismas prístinas condiciones que ellos te exigen a ti. Esto realmente no es problema; por más viejo que sea el dinero, sigue siendo dinero. El lío es que en un país donde el billete de mayor denominación es de 5,000 –aunque se rumora que existen de 10,000- y con un tipo de cambio de 1,300 kyats por cada dólar, cambiar más de cien dólares es suficiente para terminar con un gordísimo fajo de billetes hará que te sientas en un videoclip de hip-hop. Para que te des una idea: dos billetes de cien dólares se convertirían en un mínimo de 52 billetes, y eso si acaso es que recibes todo tu dinero en billetes de 5,000. Así que si estás pensando en cambiar 500 de un jalón puede que sea buena idea que lleves un maletín de mafioso. 


10. Soundsystems callejeros a todo volumen.


Es común que en muchos países asiáticos la música salga a las calles en forma de bocinas y equipos de sonido ambulantes. Lo que vuelve a Myanmar tan especial es que no hay ningún otro lugar donde estén peor ecualizados. Parece que para los burmeses cualquier perilla en la consola está hecha para tenerla a tope, da igual si se trata de un mantra budista, un vendedor de ungüentos y pomadas, o un cover del Gangnam Style en burmés (que sí existe). Por las calles y carreteras todos los días se puede observar algún desfile de bicicletas, motos y camionetas armadas de altavoces y bocinas polvorientas y una docena de chavos bailando encima del carrito. Lo más curioso es que el hecho de que el escándalo irrumpa en la cotidianeidad, es parte misma de la cotidianeidad en este país. ¡Que no te extrañe si tu conductor o el fulano que te está atendiendo en la tienda deja lo que está haciendo para irse a bailar al reventón ambulante!

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL VERDADERO CORAZÓN DE MYANMAR



 Él es Myu. Tiene 20 años, y vive en una aldea selvática en la periferia de Bago famosa por estar infestada de cobras. Ya no le dan miedo y dice que puede tomarlas con la mano. Estudió hasta la primaria y estuvo por un año en un monasterio budista, que es el deber de todos los niños de su país. Nos cuenta que a pesar de que su familia es rica –de la manera que él entiende la riqueza- a sus padres les tocó ser pobres. Son campesinos y de niño le tocó trabajar en los campos de arroz de la región. Es por eso que sus manos y pies son duros y ásperos, y conserva algunas cicatrices. Dice que es un trabajo muy duro y no le gustaría volver a hacerlo.



Entre las pocas cosas que tiene está un viejo radio que sintoniza cada noche para escuchar música en inglés por la BBC. Es así como ha aprendido a hablarlo, a través de las letras de los Beatles, Bob Dylan, los Rolling Stones, Frank Sinatra y John Denver. Dice que cada vez que escucha una canción que le gusta, toma una hoja de papel y escribe lo que puede de la letra. Continúa apuntando la noche que vuelve a escuchar la canción de nuevo. De la misma forma ha aprendido a tocar la guitarra, aunque le parece más complicado ya que no puede hacer apuntes sobre las melodías y depende solo de su memoria. Y también canta. Mucho y muy bien.



Cuando camina por su aldea inventa diálogos imaginarios para practicar su inglés.



–Hi! How are you?

–I’m very fine, what about yourself?

–I’m also fine, thank you!



Hoy en día siente que ya domina las preguntas básicas y ha comenzado a crear historias y vidas imaginarias de los personajes que interpreta. Dice que le cuesta más trabajo porque intenta que alguno de sus personajes sea occidental y conoce muy poco de ellos.  No sabe qué cosas se preguntan o qué cosas se platican.



Pasó de las miradas extrañas y las risas burlonas a convertirse en el maestro de muchos de los chicos de la aldea. Varios pueden vender postales en la ciudad gracias a lo que él les ha enseñado. Para Myu lo que tiene sentido es compartir lo que sabe. Finalmente, a él le gustaría poder practicar su inglés con los otros chicos de su aldea, no solo con los turistas. 



Con los años, el manejar otro idioma le permitió trabajar en una tienda de figuras de madera talladas afuera del Shwe Tha Lyaung, el templo con el Buda más sagrado de todo Bago. Un día mientras vendía souvenirs a un grupo de turistas, el guía del grupo notó lo bien que lo hacía y terminó pidiéndole ayuda para explicarles dónde sería la siguiente parada. Poco después lo invitó a trabajar en el pequeño hotel de su familia.



Myu es el empleado más capacitado del lugar y posiblemente el peor remunerado, ya que no cuenta con estudios profesionales en turismo. Sin embargo, el lo ve como una bendición y cada vez que se refiere a sus patrones los llama “benefactores”. En temporada alta está bastante ocupado con los turistas que llegan al hotel, y cuando es temporada baja sigue trabajando en el templo, aunque le resulta difícil  porque no le gusta mentir y por esto muchas veces no vende lo que él quisiera.



–Some people say they are selling sandalwood. I cannot do it. Not if I am giving the costumers things made of ordinary wood. But in the end is not as hard as the rice fields, I don’t want to go back there. That is why I prefer the guesthouse job. It’s easy and I don’t have to lie.



En dos años trabajando en el hotel consiguió ahorrar 250 dólares americanos y logró comprarse una motocicleta, que le ha resultado de gran ayuda pues le permite ofrecer recorridos turísticos. Pero tampoco quiere trabajar mucho más en esto, solo quiere ahorrar unos 100 dólares más y comprarse un smartphone o una tablet. No sabe bien que hará después. Eso sí, su sueño lo tiene bien claro: manejar un camioncito –o tout-tout, como les llaman aquí- y llevar gente de aquí a allá, pero para alcanzarlo tiene que juntar entre 1500 y 3000 dólares y eso aquí es una fortuna. No sabe bien cómo los conseguirá pero tampoco le preocupa.



–People in downtown are so interested in money. I don’t want money. I just want a comfortable job. I don’t want to live in downtown or in big city. I like my village, that is where I want to be, forever. That is my happiness. Money is not happiness. They think it is, but it’s not.



Nosotros conocimos a Myu el día que llegamos a Bago cuando nos consiguió el boleto del próximo autobús que tomaríamos. Nos ofreció un tour al día siguiente pero dijimos que no. No nos gusta el ritmo de los tours y en general desconfiamos de los operadores. Pero ese no sería nuestro último encuentro con él.




La mañana siguiente lo encontramos en la puerta del Shwe Tha Lyaung, justamente el templo donde vende artesanías en la temporada baja. Nos saludó con una enorme sonrisa, y nos invitó a tomar el tour con su familia que había venido a visitarlo desde muy lejos. Habían rentado un tout-tout y nos dijo que no había que pagar nada, solo esperaba que no nos molestara compartir el transporte con su abuelita, sus tías, y sus sobrinos. –It will be a little bit tight!- nos advirtió.



Por supuesto aceptamos, y aunque no visitamos sitios que a nosotros nos parecían interesantes resultó un paseo inolvidable, aún cuando nunca pudimos entablar conversación con su familia.



Nos pareció un chico tan auténtico y de buen corazón que decidimos hacerle un regalo: una cámara que ya no usamos mucho y llevábamos como repuesto para el viaje. Tal vez no era el smartphone o la tablet que tanto quiere, pero era algo de ese mundo. Cuando se la dimos no lo creyó. Dijo que era un sueño hecho realidad. No conserva fotos suyas y nunca había podido tomar fotos en momentos especiales con su familia o con sus amigos. Su alegría nos conmovió mucho y no pudimos contener una que otra lágrima. Como agradecimiento, nos invitó el día siguiente a visitar todos los lugares que su familia había decidido saltarse.



La mañana siguiente, al llegar al taller de cigarreras donde nos había llevado para comenzar el paseo le preguntamos por su cámara.



–My boss asked me what it is and told me she wants it. She has laptop computer, smartphones, many tablets, many cameras, but she said it is Samsung and she has no Samsung. She offered me in exchange this phone that I cannot use. It’s broken so I cannot use.



Nuestros rostros cobraron una mezcla de rabia y desilusión que hasta él percibió.



–I’m very sorry, but there is nothing I could do. She is my benefactor and I want to keep my job. She calls me “son” … but sometimes I think it don’t come from the heart. Please forgive me, it was my mistake because I had it in my hand and I let her see. I should have put it away.  



No conseguimos poner mucha atención al taller después de la noticia. Hacía mucho no sentíamos tanta rabia, tanta impotencia, tanta tristeza ante la injusticia. Nos costaba tanto trabajo comprender que en un país “budista” existiera gente tan cruel, tan ruin. Tan ojete.



Pero Myu ya había dejado atrás aquello y estaba sonriente y feliz de poder mostrarnos su ciudad.



En medio de todo el malviaje, y ya cuando estábamos los tres sobre la motocicleta en dirección hacia la próxima parada, tal vez para aligerar la tensión, Myu comenzó a cantar con gran alegría …



When I find myself in times of trouble,

Mother Mary comes to me.

Speaking words of wisdom,

Let it be.



Así. Una puta bomba.



Teníamos ahí la historia de los pueblos budistas. Ante la injusticia, la vejación y el despojo, la resignación y la paz. Gente que no es capaz de la insubordinación. Gente que pone la lealtad mucho antes que la justicia. Gente que no estalla. Porque para todo budista la justicia no está en esta vida. Es la perturbadora posibilidad de que verdaderamente exista la paz ante el sufrimiento. Es la gran capacidad de vivir la atrocidad y no sólo no inmutarse, sino darle buena cara. Es ahí cuando las palabras sobran y te das cuenta de que el “desarrollo” le queda pequeño a este mundo en muchos sentidos. Y sale debiendo. Si bien es cierto que muchísima de esta gente tiene carencias materiales serias y se encuentran en el abandono jurídico, nosotros tenemos carencias emocionales y espirituales igual de graves. Son lecciones como estas por las que viajamos.



Pero bueno, como nuestra cultura es la de combatir la injusticia y no la de aceptarla estóicamente, decidimos hacerle un nuevo regalo a Myu. Le hemos dado un viejo iPod con el que también quedó fascinado. –¡I can touch music!- nos dijo no sé cuántas veces. Y le hicimos prometer que por ninguna razón sacaría el iPod de su mochila cuando estuviera en el hotel. Jamás.



Al despedirnos en la estación de autobús, nos contó que el hijo mayor de la patrona se había enterado de lo que había sucedido con la cámara y la ha obligado a regresársela. Intentó devolvernos el iPod diciendo que ya le habíamos dado mucho. Nosotros no lo aceptamos y le dijimos que en nuestra cultura un regalo no se devuelve. No sabemos si en verdad le regresarán la cámara, o si se trató de una excusa que inventó porque le da pena no poder correspondernos de la misma manera, o peor aún, si en el hotel se enteraron del nuevo regalo y le obligaron a que lo devolviera. Y también siempre estará la posibilidad de que todo haya sido un engaño o una buena actuación. Pero tal vez sea ahí donde debamos recordar la lección de nuestro amigo: let it be.  

  

lunes, 16 de noviembre de 2015

PLAYAS MEXICANAS VS. PLAYAS TAILANDESAS (parte 2)


Entonces ... 



la cosa iba 1-1 …




ROUND 3: HAMACA VS. THAI MASSAAAAAGE

Las playas en México cuentan con una amplia gama de opciones de alojamiento, desde acampar a lo chairo, hasta el resort mamón para gringos. Sobre eso pensamos que lo de la acampada ya no está tan chido. No a esta edad. Pero tampoco creemos que un mostro de concreto con 10 restaurantes, 15 albercas y room service merezca un aplauso. Lo que lo hace más problemático es que las opciones de presupuesto medio tampoco son tan baratas.







Y como en México nos raya tanto usar concreto en las playas, si no traes mucha pasta o lo de onda está lleno, muchas veces la cosa termina reduciéndose a un cuartito más bien cutre. Donde ventilación es mala y sudas como marrano; y los piquetes de mosquitos, pulgas y no sé que coños más, están a la orden del día.

Como esto, en Puerto Escondido.

Los tailandeses parecen tener la cuestión del alojamiento mejor resuelta para el turista de pocos varos. En su mayoría son búngalos construidos con materiales tropicales, que además de ser más amistosos con el medio ambiente, tienen más carácter. De esos que si bien sí existen en México, son pocos y no suelen ser la opción más económica. La ventilación que tienen es mucho más funcional y construyen los mosquiteros más eficientes que hayamos visto.





Ahora, donde México se lleva las palmas es en su cultura de hamacas. La hamaca es lo más mexicano que pueda existir en una playa (aunque no me extrañaría nada que una empresa china ya las haya patentado). En Tailandia tienen unos cojines triangulares bastante cómodos y simpáticos, pero ignorar el poder de la hamaca sería sacrilegio. La hamaca es el éxtasis, el orgasmo, la apoteosis de la hueva en la playa. Punto.


Esto ...
No se compara con esto.

Pero sería injusto resumir el descanso en la playa tan solo a esto. En ambos países hay muchísimas alternativas de spa y tratamientos holísticos para el disfrute del cuerpo. El asunto es que en México si uno no le invierte chingón, queda en un masaje de seño de brazo tamalero. En cambio, Tailandia pone al alcance del pobre mortal una amplia gama de masajes –con o sin calambrito- reflexología, embarradas de barro, aceites esenciales y demás. Elija su veneno. 
 

Servicio completo mijos. 

Así que por más fans que seamos de la hamaca, creemos que un viajero con bajo presupuesto encontrará mejores opciones de relax en Tailandia. Y el masajito thai rifa, entonces, punto para Tailandia.


ROUND 4: COPTEL DE CAMARÓN CON CATSUP VS. PAD THAI

En las playas de México se pueden encontrar estilos de cocina muy distintos: pescadillas, camarones al mojo de ajo, o a la diabla, pescado a la talla, langosta a las brasas, ceviches, aguachiles, calditos, tostadas, ostras con salsista y limón. Y muchas  más que no nos gustaría recordar por ahora. Por eso de la lejanía.


Aguachile: Uffff!!!!
Coptel de camarón con capsut ... Quiobo?

Los tailandeses también tienen langostas, cangrejos y camarones, y la mantarraya parece ser lo de aquí. Seguramente la infinidad de bichos marinos que uno ve en el mar también llega a la mesa, y no me sorprendería que tuvieran mayor variedad de pescados y mariscos. El gran problema es que no le hacen a eso del marisco crudo y todo viene asado. Que también está chingón. Pero chale.  




Opciones para el chamaco melindroso hay en ambas pues ofrecen alternativas de cocinas regionales muy sabrosas. Y para los gringos siempre habrá pizzas y hamburguesas.

Pero la diferencia más cabrona tiene que ser la michelada mexicana. Yo no sé cómo a nadie se le ocurrió presentársela a la UNESCO cuando buscaban que la comida mexicana fuera Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esa presentación debería haber comenzado con un slide de una michelada bien fría.



Aquí también hay chelas, pero eso es en todas partes. Aquí a los “chavos” les da por tomarse unas cubetitas playeras que llenan con hielo, una coca, un Red Bull y un cuartito de litro de güisqui tailandés que no se ve mucho de fiar. Sí, fiesta loca, pero de la cruda mejor ni hablamos.

Cubeta de Samsong: el mal hecho bebida.

Así que gracias a la escuela del marisco crudo y el irrefutable legado de la michelada a la humanidad, el punto va para México.


ROUND 5: MIRRAVES VS. FULL MOON PARTY

El reventón en las playas de Tailandia y México es toda una institución y todo mundo debería plantearse vivir cada uno al menos una vez en la vida. México tiene desde los bares de playa, los antros fresas y no tan fresas, los festivales punchis-punchis, hasta los shows del Coco Bongo, pasando por las fogatas con tamborcitos chairos.




En Tailandia la fiesta es más chiringuito playero. No es tan fácil dar con un antro, y es aún más complicado encontrar shows de la mamada que sea. Pero no son ningunos amateurs en la fiesta: para los recios está el legendario Full Moon Party de Koh Phangan, y los bares de Koh Phi Phi, que además traen el beneficio de que cuestan lo que un paquete de chicles comparados con un rave en Playa del Crimen.




Full Moon Party: sólo para destroyers serios. 

A Tailandia no viene ningún DJ famoso ni hay fiestas de marcas, pero como somos chairos y nunca vamos a apoyar la idea de traer unos zapatos en la maleta para “irte de antro”, declaramos un empate en esta categoría.



Entonces, ¿cuál rifa más? Pues diríamos que México porque ahí vivimos y nos quedan más cerca. Pero aquel que tenga la oportunidad de conocer y disfrutar las playas de Tailandia tendrá que reordenar su lista de favoritos.